9 de enero de 2012

Entre Encantadores y Magos: Parte III


El árbol de fiesta
El viento movió las hojas del árbol de fiesta. Estaba helando y la respiración de Trebor se elevaba en volutas blancas que desaparecían ante sus ojos. El viento arreciaba, le secaba los ojos, lo segaba, sin embargo la mirada de Trebor se había quedado pegada al árbol y lo había inmovilizado.

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Había llegado allí siguiendo la caravana, rastreando a los captores de Edrid que se movían de pueblo en pueblo aniquilándolo todo. Éste sería una parada más de las miles que ya había hecho. Con solo mirar el árbol sintió la ira envenenándole el corazón y oscureciéndolo a cada instante. Se estaba convirtiendo en una sombra, una más oscura que el tono de la capa que lo cubría. Eras otro pueblo cualquiera, ó lo había sido hasta llegar hasta la plaza. Había pasado por aquel camino rojizo y se adentró a la comarca, el aire enrarecido le advirtió que adelante, la maldad lo esperaba; la capa se había estremecido como en un escalofrío irreal, que por contacto se adhirió a la piel de Trebor y lo recorrió completo. Había llegado al centro del pueblo y se había detenido. No pudo pasar caminando por en medio atravesando la plaza y continuar su camino, no pudo hacerlo sin detener su paso. Bajo la luz de la luna, la piel desnuda de una pequeña, de no más de diez años,  resultaba brillante con el fondo negro del árbol que le había servido de orca.

Él siempre había sido un hombre sencillo, o eso pensaba. Un hombre que le gustaban los poemas y las sonrisas de Edrid, con eso le bastaba para decir que tenía una buena vida. Ahora que ella no estaba, el mundo se había convertido en una calamidad de días y noches, de lugares fúnebres como aquel árbol y su recuerdo. Era una espina clavada en lo profundo del corazón.
De todas las muertes que había presenciado en los últimos días, aquella niña de piel blanca, con su rostro infantil morado con un hilo de sangre goteando de la nariz, era la única que le había hecho detener el paso. ¿Que era lo que había pasado? ¿Es que el mundo se había salido de su cause?.  A decir verdad, esa niña no le dolía en lo más mínimo, pero era capaz de comprender que aquello era una atrocidad. No era lo mismo con la imagen de Edrid desapareciendo entre las llamas, pero ahora pensar en ella, era como querer recordar a alguien que había fallecido hacía demasiado tiempo. Su muerte era la única que dolía. Entre todos los muertos, solo ella era capaz de tocar su alma y rozar su corazón; que parecía haber dejado de la latir hacía ya bastante tiempo.
Algo dentro de Trebor pareció llorar otra vez. Ese algo que había estado llorando cada vez que pensaba en Edrid. No le importó, no se detuvo a pensarlo y allí, en medio de la plaza, con los ojos de los pueblerinos pegados a la espalda, empezó a bajar a los doce muertos que estaban colgados en el árbol. Los vivos le miraban desde la lejanía de sus casas, con las cabezas escondidas detrás de las ventanas. El entrecortado llanto de las esposas, hijas y madres que presenciaban aquella escena grotesca, era amortiguado por el viento que empujaba la capa de lado, dejándole sentir por primera vez en muchos días, el frio invierno y la escarcha de los ojos del llanto de los vivos.
Trebor ardía en ira y sus emociones eran un torbellino de vaivenes. Su cara estaba apretada causando que arrugas nuevas se le marcaban en el rostro. Aquella calamidad se repetía en cada pueblo por el que pasaba la caravana, aquella tonada de desesperación compuesta de lamentos y  llantos,  había hecho que las formas y colores perdieran el brillo. Lo peor era que las largas líneas de carros que repartían desgracia, parecían cobrar fuerzas con cada grito desesperado. En aquellos pueblos no había esperanza. Estaban desamparados. No había hombres. Los hombres lloraban igual que las mujeres, llegado el caso.
Así pues, empezó a desatar con hilos de viento a todos los colgados. Los dejó caer lentamente como si flotaran. Se tomó su tiempo. A los muertos se les debía respeto. Ahora que el árbol de fiesta se había convertido en el árbol de los muertos, y sus raíces se nutrían de sangre, no había lugar para ensoñadoras canciones y poemas de amor debajo de sus ramas.  Ahora, sólo había espacio para la pena, el llanto y la rabia. Un camino por el cual Trebor caminaba ya hacían varios días. Sólo los dioses sabían a donde iba a parar.
Ya no había vuelta atrás. Su vida, su muerte y todas sus fuerzas estaban dedicadas a la venganza. A la venganza de una muerte que no tenía forma de saldar. Si Edrid estaba viva ó muerta en algún lugar, la culpa era suya, una culpa de la que no podría escapar, o al menos eso pensaba Trebor, segado por la locura del dolor y la soledad. La capa se agitó con fuerza; a veces recordaba que estaba viva, se movía como intentando decir algo, pero lo cierto era que, en ocasiones, también se quedaba petrificada.
Desató el ultimo lazo de la cuerda en la que colgaba a la pequeña. La bajo sin usar  magia. La sostuvo en vilo. Y por un instante las lágrimas que caían por dentro salieron a raudales afuera. Una mujer del pueblo salió de su casa, le miraba en la noche, tenía la cara roja de tanto llorar, la piel pálida de tanta tristeza. No se atrevió a acercarse. Todos en el pueblo lo consideraba una aparición maligna, la muerte en persona que había llegado para llevarse a los espíritus de los colgados. A Trebor no le importaba que le vieran así, menos una madre que clamaba por el pequeño cuerpo destrozado de su hija; Que lo mirara como quisiera, el no estaba lejos de ser la misma muerte.
La mujer levantó las manos suplicante, y él le devolvió el cuerpecito sin vida. La mujer calló de rodillas en un lamento entrecortado.
—¿Por qué? —susurró la mujer pidiéndole una repuesta, clamando por una verdad que él mismo desconocía.
—No lo sé. —Respondió él. —Pero cuando vengue a mis muertos, también vengaré a los tuyos. —Se volteó y empezó a caminar, intentando esconder el llanto que aquella mujer le había despertado.
Ahora le dolía todo. Dolía el paso de los días, las noches en pena, las lagrimas caídas, las muertes. —¡Dios cuantas muertes! —la perdida, si, era eso lo que más arrancaba de él, látigos de dolor. ¿Cuanto más tendría que soportar? No había querido ir al pueblo donde vivían sus padres, no, aquel lugar estaba más allá de sus recuerdos. Era mejor desconocer si estaban vivos o muertos, o si habían desaparecido, era mejor. Porque ellos no eran Edrid, y ella le necesitaba más que los muertos.
Caminó a paso lento por el pueblo y salió por el este, avanzando por el camino principal. A ese camino le llamaban “Calzada del Rey”, porque por allí llegaba el Rey cuando aparecía a dar dádivas. Muchos años habían pasado desde la ultima vez que el Rey había subido por esa calzada, generaciones ya. A Trebor no le importaba. No le importaba como se llamaban las calles ó la avenidas, las plazas, las posadas o las malditas montañas, dentro de si, sólo quedaba una  única cosa importante y esa cosa era: Edrid. Encontrarla viva o muerta.
La capa  se agitó de nuevo. Él la ignoró. Cuando salió del pueblo y se interno en la noche, ya no pudo detener el llanto. Camino lejos intentando escapar de la figura de la niña, avanzó paso a paso sabiendo que en el fondo se sentía destrozado y agotado. Cuando faltaba poco para el amanecer, se separó de la calzada buscando descanso allí donde un pequeño bosquecillo le daba alguna protección. Estaba pálido, con los pies llenos de callos y ampollas.  El  dolor era punzante a causa de la piel chamuscada por la batalla en la mansión.  Un recordatorio más por los  que habían muerto.
Durante la persecución de la caravana, Trebor se había enterado de varias cosas. Había un nuevo Rey, Éste había ordenado la muerte de los Encantadores. Cerca de noventa ataques a grandes mansiones y poblados habían ocurrido ese mismo mes. Centenares de Encantadores habían muerto. Eso lo sabía. El Capitán que había ordenado el ataque en la mansión se llamaba Robert. ¿Era ese hombre el causante de todo esto o sólo era otro militar siguiendo ordenes? No tenía idea. El Rey había decidido que los ataques cesaran, pero el ejercito había tomado otra decisión y ahora, al menos según los rumores, El nuevo Rey era un preso más dentro de su castillo.
En la tarde del día siguiente, Trebor se acercó lo más  posible a la cúspide de una loma. Desde lo alto podía ver el pueblo que estaba abajo. Quería saber por qué salida avanzaba la caravana. La capa se agitó violentamente. Trebor petrificado vio como la caravana se dividía en dos partes. Estuvo un instante mirando ambos grupos avanzar en direcciones opuestas. Estuvo allí mirando ensimismado. —¿En cual de los dos esta Edrid? ¿Estaba en aquel grupo? ¿En el otro? ¡Dioses! — pensó, y bajo a la carrera. 
Escogió el grupo más grande. La Capa parecía quejarse, no lo entendía, nunca se había comportado así. —¿Estaría equivocado?. —Siguió de cerca a la caravana, mientras fuera de noche no tendría nada que temer, estaba oculto bajo la capa. Este grupo se dirigía a Koral, la ciudad Capital del Imperio. Llevaba también la mayoría de los presos. Ahora sólo quedaba el próximo pueblo para hacer algo. Si llegaban a la ciudad, ya no habría esperanza para rescatar a nadie. Tenía que descansar y así lo hizo. Agazapado detrás de un arbusto, durmió con los pies bien extendidos y la mirada puesta en la luna que empezaba a menguar. Contaría con algo de luz la noche siguiente.
Continuara…

23 de septiembre de 2011

Entre encantadores y Magos: Parte II


La Capa.
Trevor miró por la ventana y se lanzó la capa sobre los hombros. Los primeros invitados de la fiesta estaban llegando a la casa, y Edrid les sonreía mientras avanzaban. Eran todos Encantadores, sólo se veía uno que otro mago que disfrutaba de las amenas conversaciones que se presentaban en la casa de Edrid, la Encantadora más famosa de todo el reino.
Él llevaba la capa, era negra y pesada. A decir verdad, con el frio que hacía, no había mejor protector.
Afuera, se podía sentir el aroma de las gardenias blancas que adornaban el exterior de la mansión. Trebor, había escogido uno de los largos ventanales que daba al recibo para espiar a los invitados. Dentro, todo estaba adornado de dorado y blanco, las mesas de caoba y acero pulido estaban ornamentadas con las mismas flores de afuera, los pisos eran de mármol rosa, encantado mágicamente, para brillar tenue por donde se pisara. Venían llegando los invitados.
Las fiestas de Edrid eran famosas por su elegancia y simplicidad. Eran reuniones en donde podías encontrar a alguien magistralmente vestido y a otros con sus chaquetas de diario, estaban todos acostumbrados a que fuera así, porque en casa de Edrid, todos podían ser tal como eran, sin las mascaras de la sociedad, ni las convenciones del reino. Dentro de la casa todos eran felices, porque eran quienes eran.
Era por eso que Trebor estaba afuera bajo la capa. Porque estando al lado de Edrid, él podía ser quien era, podía ser un magistrado de la provincia del norte, y aparte ser un poeta desenfrenado, podía hacer magia, era verdad, pero también podía hacer que una mujer se sintiera feliz en los desayunos, y hacerla reír mientras cocinaban. Y allí estaba esa mujer, Edrid, recibiendo a todos con una despampanante sonrisa.
Se terminó de acomodar la capa, acababa de llegar un par de amigos muy jocosos. Trebor sintió como la capa se movía al compás de la música que sonaba dentro, recordándole que estaba viva, que era una parte ínfima de la encantadora, era casi atemorizante y halagador saber que ella le había regalado un pedacito de su alma.

La capa la había encantado Edrid, había tomado apenas un par de días en imaginarla, otro par encontrar la pieza de tela correcta y por ultimo, encantarla, que no era más que compartir su vida con otro ser, uno inanimado.
Era en verdad un proceso extraño el de "Encantar". Edrid, había tomado la capa negra, y la había abrazado durante horas, tal como se abraza a un amante que necesitas tener cerca, un amante del que no te quieres despegar. Por ultimo se la puso sobre los hombros, y los contornos de la capa se fueron oscureciendo, la luz no parecía entrar detrás de sus pliegues; La capa, se empezó a mover con vida propia, una vida que la hacía casi invisible, y entonces Trebor comprendió al menos por un instante, la gran habilidad de Edrid, esa habilidad que la había vuelto tan famosa; con sólo caminar hasta la sombra del patio, Edrid desapareció: la capa podía fundirse con las sombras.
Había creado la capa para probar un punto, para dales a entender a todos que encantar la luz era posible. Claro, también iba a servir para jugarles una broma a sus amigos más queridos y en especial a Anna, la chica romántica y fantasiosa, que seguía diciendo que la luz no era encantable. Por eso estaba Trebor afuera, él haría de fantasma, uno que aparecía y desaparecía en las sombras del comedor, asustándolos a todos.
Acababan de llegar los Encantadores Provinciales, señores de la provincia del norte, eran los mismos que le habían dado tantos premios a Edrid por sus magníficos encantamientos. Ellos la habían hecho famosa.
Todos los encantadores tenían algo en lo que sobresalían y Edrid no era la excepción; ella era especialista en imaginar criaturas inteligentes. Su logro más grande había sido imaginar seres capaces de hablar, le había tomado años poder crear un ser lo suficientemente hábil y cuando lo consiguió, este ser le dio un regalo, uno que por añadidura la había hecho pasar a la historia, aquella pequeña criatura consiguió invocar doce kilogramos de oro puro, en una enorme esfera rasgada y golpeada. Ese había sido el regalo del ser parlante, pues, la criatura no era más que un reflejo de algo que habitaba del otro lado, de allí, de donde proviene la magia.
Trebor seguía esperando. Por un instante envidió a los visitantes de la fiesta, todos eran recibidos por Edrid con una enorme sonrisa y sus grandes ojos castaños. Algunos preguntaban por él, y ella, respondía siempre "Esta por allá dentro, ya debe estar comiendo." Pero no era cierto, ella sabía bien que él estaba allí mirando su vestido negro brillante y sus mejillas sonrojadas, mirando sus piernas largas y disfrutando de su mirada.
En ese momento entro a la casa una Adeline, una jovencita Pelirroja de quince años, que miraba a Edrid con adulación y desde allí se escuchó el cuchicheo de la jovencita.
-¿Y... ya se te declaro? -preguntó la jovencita.
Edrid volteó hacia la ventana de golpe y se sonrojó, lo miró sin verlo en la oscuridad del patio. Él sintió como el corazón se le salía por la boca.
- No digas eso, Adeline.
- No lo sé, creo que esta tardando mucho. - Dijo Adeline, con los puños en las caderas. - deja que hable con él, lo pondré en cintura.
- Entra de una vez, Adeline, por los dioses, entra. - Le respondió Edrid.
Trebor siguió mirando por la ventana, estaba petrificado, ¿ella lo amaba?, ¿Estaba esperando que se declarara? ¿Que le dijera cuánto la amaba? ¿Cuánto sentía por ella, y cuánto necesitaba tenerla cerca para ser feliz?
Trebor se alejó caminando entre los jardines, iluminados por antorchas mágicas que pintaban, de colores diversos, las gardenias blancas, adelante justo al final, estaba la pared de enredaderas; Trebor se apoyó en ella. Con él pecho saltando de miedo, alegría y ansiedad, decidió lo que tenía que hacer se le declararía a Edrid, y después de muchos años de sólo ser amigos, serían ahora algo más. Le diría todo lo que sentía.
Volvió con paso seguro a través del jardín, y cuando estaba ya cerca, escuchó los primeros gritos.
Mujeres y hombres corrían escapando de lo que sea que les perseguía. Dentro de la mansión se había desatado el desastre y cuando Trebor logró acercarse a la ventana, vio las sotanas negras, eran magos Imperiales, decenas de ellos, lanzando lenguas de fuego en columnas de batalla, todo ardía; todo estaba en llamas y Edrid no se veía por ningún lugar. Solo había bultos en el suelo, bultos acuosos y ensangrentados que ya no parecían gente; A Trebor se le encogió corazón con sólo ver las decenas de bultos que ahora adornaban el suelo. Uno de ellos con un vestido negro aun ardía. Ese tenía que ser el traje de Edrid. 
Trebor abrió la ventana y pasó por entre los magos que lo confundieron con uno de ellos, el también iba vestido de negro, con la capa en los hombros era uno más en la columna de fuego.

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Él enfilo su magia contra la columna de tiradores: Las dos primeras lenguas de fuego derribaron a cuatro de los magos, por un instante los demás sintieron la desquiciada sensación del miedo y la confusión, Trebor volvió a tejer hilos de fuego y mientras avanzaba, la rabia, el odio y las lagrimas se aglomeraban en su pecho, el recuerdo del rostro Edrid que debía ser alguno de los cuerpos en posturas incomodas que tapizaban el suelo, le llenaba de emociones sin retorno, sentimientos que nunca había sentido, sensaciones definitivas que solo parecían saciarse un poco con la muerte de los magos.
El próximo látigo de fuego reventó a otros tres magos, los hombres de sotanas negras notaron que era él quien los atacaba y de inmediato lo señalaron, convirtiéndolo en un nuevo blanco.
Decenas de esferas de ígneas, y largos látigos candentes salieron disparados contra él. Trebor se lanzó al suelo y los magos volvieron a preparar sus hechizos, él aprovechando el momento, escapó rompiendo la ventana de cristal. Detrás el fuego tomaba forma y crecía.
Él corría, corría llorando, mientras detrás, decenas de hombres con las caras prietas gritaban maldiciones, tejían hechizos, le perseguían, le alcanzaban. Trebor se detuvo a mitad de su escape, y hecho una sombra entendió que ya no había por que vivir, “Los matare, los mataré a todos.” –Pensó él. – “Los haré arder”.
Con lágrimas en los ojos y la sonrisa de ella tatuada en la memoria, volvió a tejer fuego en la noche. Sus lenguas de fuego partían de los lugares mas recónditos del jardín, los gritos de los magos empezaron a hacerse sentir. No había nada más que gardenias teñidas de rojo y olor a flores quemadas, Trebor lanzaba lenguas de fuego y esferas ígneas. Lo estaban acorralando y dejo caer los brazos. Había llegado la hora, en el más allá, donde estaba esperándole Edrid, se reunirían otra vez; le contaría que la amaba.
Cuando los magos estaban a unos pocos pasos de él, Trebor la escuchó gritando su nombre, le gritaba a la noche, a la penumbra que se formaba justo donde el fuego del jardín acababa, y allí sin recordar la capa que le ocultaba Trebor le contestó.
-¡Edrid! - gritó él.
Ella giró sin verlo, detrás apareció un mago, uno de los muchos que estaban por todos lados, la derribó y el fuego se hizo entre ellos, entonces uno de los magos la cargó en hombros.
Trebor, se detuvo lleno de miedo, un miedo que había vuelto, pues, si moría no podría volver a verla. Su llanto se detuvo, pero no podía acercarse, los magos le rodeaban sin verle en la oscuridad, sin poder moverse, Trebor miró como separaban de él a la mujer que siempre había amado y nunca había tenido el valor de reclamarle un beso.
Le encontraron al final. Lenguas de fuego le rozaron el rostro y Trebor, resguardado por el poder de las sombras y la protección de la capa. Sin poder hacer más, sintiéndose el hombre más cobarde del imperio saltó la pared de enredaderas. Huyo.
Corrió lejos del bullicio, corrió hasta que las piernas le ardieron. Entro al bosque que estaba cerca de la mansión de Edrid, corrió porque no había nada más que hacer y cayo rendido entre las hojas secas y el barro, allí en la oscuridad, él también era una sombra, una sombra que no tenía pasado ni presente, una sombra llena de lágrimas y vergüenza, que sólo deseaba escapar de la tristeza y el vacío. Ahora era “algo” que lo había perdido todo.
Algunos días después Trebor salió del bosque. De la mansión no quedaban sino ruinas y cenizas. La capa estaba pulcra, negra y viva, una parte de Edrid vivía en la capa, y él comprendió que si la capa estaba viva quizá en algún lugar, ella seguía con algo de vida también. Un fragmento de esperanza iluminó el rostro de Trebor, ahora lleno de carbón, barro y ceniza, suciedad que no limpiaría hasta encontrarla, y de nuevo ver su sonrisa.

(Continuara)

11 de julio de 2011

Entre encantadores y magos .


1.- Robert
Edrid siempre fue mi hermana favorita, era ella quien, me cuidaba y me ayudaba con las tareas,  y tenía una mirada alegre todo el tiempo. Siempre fue el centro de las fiestas. Yo nunca fui tan popular, y ella  fue un farol al que todos querían mirar.
Ella siguió su camino y yo el mío, pero no se puede dejar de ser hermanos después de todo.  Ella se hizo famosa rápido cuando descubrió la forma de crear de la nada, oro.  Mientras que yo, seguí siendo yo.
Edrid era una encantadora, los encantadores nacían con una imaginación tan poderosa que podían dar vida a los elementos, pero nadie había sido capaz nunca de crear algo de la nada, y menos algo valioso. La fama de mi hermana fue creciendo y era bien sabido que había  personas que la envidiaban a muerte.
Poco supe de ella luego de sus descubrimientos, solo sabía que había comprado una gran propiedad en los valles de las flores de Tacmakur, y luego ya nada más supe de ella. Excepto por los periódicos, que hablaban de las  grandes fiestas que daba, allá en los valles. 
Ese día cuando sonó la puerta,  yo esperaba al cartero, que siempre venía los jueves por la tarde, pero apareció Edrid. Vestía harapos sucios y rasgados, tenía la mirada perdida, y al verme, no me reconoció, el se le lanzó encima y la empujo dentro, e intento preguntarle que le pasaba, pero a Edrid, se le había olvidado hasta su nombre, solo un recuerdo permanecía en su mente.

- "Calle 5, Casa de las Caras, Barrio Marak." - venía diciendo, era mi dirección.
Muchos días después de que Edrid llegó;  estuve buscando informes de lo que había pasado, nadie sabía nada, solo que la Encantadora Edrid, había desaparecido, e incluso, había gente que decía que había muerto.
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Varios días después,  senté a Edrid, en el sofá del estudio,  ella se tumbó con desgano mientras  recogía las piernas contra el pecho y sus ojos espiaban por encima del espaldar; la vida que corría detrás de la ventana.
Los días pasaban sin más, comer y dormir, mañana, tarde, noche, y Edrid obediente, se sentaba sin hacer ruidos ni preguntas cada día en el sofá. Había veces que yo me le quedaba viendo desde lo profundo del estudio o desde la puerta y al descubrirme,  me respondía con una sonrisa.
Los meses pasaron tan rápido como los días, y al noveno ocurrió algo extraño. Edrid, saltó del sofá, y buscando las sandalias y el chal blanco,  salió disparada afuera de la casa... yo la seguí.

2. Edrid.

La diferencia entre un encantador y un mago, es que el mago le da forma a los elementos; los Encantadores, les damos vida.
Cuando vio aquella niña pasear acompañada de su madre, y detrás de la niña un perrito etéreo y fantasmal, el corazón de Edrid latió a mil por hora, quizá ni su propia madre no lo sabía, pero la niña, era una encantadora.
Cuando un encantador soñaba, sus sueños se hacían visibles a la vista de otros encantadores, y como sueños que eran, desaparecían justo cuando dejabas de pensar en ellos. Había visto encantadoras dar vida a hadas, para tomar poder sobre los árboles, o sueños de serpientes, para poseer  los cordones de los zapatos, tan solo para no tener que  amarrarlas a cada rato. Pero cuando vio ese perrito, algo en su cabeza cedió y dentro se dio cuenta que había otros usos para la imaginación.
La niña y su madre cruzaron en una esquina y ella vio como la pequeña se subía a un columpio; empezó a mecerse, distraída, afuera los niños jugaban con tierra, y dentro la pequeña perfectamente vestida de blanco, se columpiaba con fuerza, su hermoso rostro ingenuo sonreía con cada va y ven, y cerraba los ojos mientras el viento jugueteaba con sus largos cabellos negros.
No pude evitar mirar al perrito, brincaba como uno real e intentando entrar al jardín donde estaba la niña, lo había dejado afuera. - La pequeña es especial. - No está pensando en el perrito, pero él sigue allí, casi como si estuviera vivo.
El perrito se le acercó moviendo la cola y hay cosas que no importa lo viejo que uno este, siempre consiguen sacarle una sonrisa, Edrid lo tomó en sus brazos  y sintió su pelaje y su textura,  casi como si fuera verdadero.
- ¿Es tuyo? - pregunté sacando del trance a la pequeña, mientras ella mecía al perrito, como si fuera un bebe.
La niña asintió.
- No dejes tus sueños sueltos, se te pueden perder. - le dijo, Rob se le acercó con una mirada curiosa. - ¿Cómo te llamas pequeña?
- Eva Marina, mi señora. - dijo la niña sin dejar de mecerse.
- Y dime Eva, ¿Por qué no tienes un perrito de verdad?
- Es que, los perritos ensucian la casa, y a mi mama le molestan;   Oby no molesta a nadie, a veces ladra;  pero no ensucia. - La niña levantó la vista mientras escuchaba a los niños reír afuera.
- Deberías ir con ellos.
- Mi mamá no me deja, mi señora. Ella dice que son muy revoltosos.
- Todos niños son así... Oby es muy lindo, pero siempre es bueno tener amigos, otros niños con quiere jugar. - la niña se ruborizó.
- ¡Eva! - gritó desde adentro su madre. - ¡Entra ya, vas a tomar un resfriado! - la pequeña se bajó del columpió. Y haciendo una reverencia rápida se despidió y entró a toda prisa.
Ella la vio partir. Robert, estaba detrás, a veces le parecía que no dejaba de vigilarla.
- ¿Sabes Rob, yo tenía un perrito como este?
- ¿Que perrito, Edrid?
Era cierto, Rob no podía ver los sueños. Pero ella continuó.
- Lo cree porque me sentía muy sola, todos me tenían miedo, no tuve amigos hasta que entre en la academia.
Se sonrió al ver al perrito y lo dejó del otro lado de la cerca, Eva lo había olvidado otra vez. << el mío se llamaba Capu >> pensó, y entonces su vida regresó de golpe. Recordaba todo, y ataco a Rob con toda su alma.
Se le lanzó encima y le araño la cara, le mordió los brazos, su hermano cayó al suelo junto con ella. Él la levantó con flujos de aire, que se convirtieron finas cuerdas blancas que la ataron y la sostenían flotando; Rob era un mago. Eso también lo había olvidado.
- ¡Asesino! Mataste a mis amigos, me dejaste sin memoria, ¡lo recuerdo todo!
- No lo entiendes, ¿verdad Edrid?, estabas cambiando todo con ese hechizo tuyo, el  oro ya no valdría nada si lo podías crear a placer.
- Maldito seas, Rob, eres uno de ellos.
- He sido un Mago desde que nací, Hermanita; pero no deje que te tocaran ese día; eres demasiado valiosa. Los demás encantadores, no merecían ese nombre, ¡pequeños idiotas!, Siempre me vieron como un insecto.
- ¿Por qué hiciste todo esto? - le gritó llorando.
- Tenia que salvarte. - respondió Rob. -  te matarían tarde o temprano, borre ese encantamiento de tu cabeza, y ahora solo hay un hueco en donde antes habían cosas magnificas, ya no eres grandiosa Edrid, eres común... como yo.
- ¡Maldito seas Rob! Llevo nueve meses esperando a recordar algo, y cada día recordaba menos; ¡eras tú!
- ¿Y quien más? - dijo él sonriendo complacido. - No nací con una imaginación creadora como la tuya; pero nací con otras cosas: inteligencia, perseverancia, astucia y ahora que he logrado vencerte; se que valen más que todo lo que posees. Estas indefensa hermana, mis cuerdas están drenando toda tu magia.
- ¿Es que no te enseñaron nada en la academia, hermano? - dijo Edrid. - Los encantadores no usamos magia. ¡Usamos la imaginación!, y esa no se acaba. - Gritó Edrid intentado zafarse de las cuerdas. Buscando algo que encantar, pero nada servía y el pánico se apodero de ella.
- Hermanita, Si que me enseñaron algo, me enseñaron a borrar la memoria.
Y una luz blanca le segó, y luego todo quedo en penumbras.

3. El sofá.
El sofá era de cuero y estaba teñido de naranja oscuro, resaltaba entre los murales blancos y las estanterías del estudio donde Robert guardaba los muchos premios que había ganado. Habían trofeos de tiro con arco y pistola. Libros viejos y únicos, y en el sofá estaba Edrid.
Robert vio como se desperezaba y como recogía de nuevo los pies contra el pecho, como se frotaba los ojos, y se sobaba la cabeza, también vio como fruncía el entrecejo al darse cuenta  que llevaba un nuevo vestido, uno verde claro de larga falda.
Al final miró de nuevo por la ventana, y algún rato después, volteó a verlo, y como siempre le sonrió, nada había cambiado. Quizá solo una cosa, ahora Robert también miraba por la ventana, miraba esperando a que pasara  esa niña de nuevo, y que de nuevo hiciera recordar a su hermana, por que hay trofeos que solo se disfrutan cuando casi se destruyen.
Y así, era Edrid.

8 de junio de 2011

Épicas 05: Un libro; El viejo y el mar.

 

Si alguien quiere aprender de dignidad, debería leer este libro.

Es un libro cargado de humildad, sencillez y fuerza, y porque no decirlo de Maestría. Yo nunca había leído un libro de Ernest_Hemingway, apenas lo terminé de leer la semana pasada, no creo que antes haya tenido la oportunidad de leer algo tan claro y sencillo, tan magnifico,  que no hace falta esforzarse para imaginar la historia que se esta contando.

 

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Esta de más decir que lloré con Santiago (el Viejo) y lo acompañe en su barca, mientras le veía luchar contra el mismo y contra el pez, y luego contra los tiburones.  Extrañé al muchacho  (Manolin) junto a él y me hice seguidor de Joe DiMaggio. Y por ultimo, sufrí cada rasguño,  incluso soñé con los leones, al lado del viejo.

Quizá para ti, que me lees esto no sean más que locuras y frases disconexas, pero cuando se lee un libro como este, no hay forma de resistir la marea, y te dejas llevar a donde sea que el escrito ha escogido.

Eso tienen estas obras maestras, dejan que dentro de uno sigan creciendo las ideas incluso cuando se ha terminado de leer.

No creo que se a el único que recomiende este libro, pero sin duda tengo que hacer, sin salir del cliché, "Merece ser leído".

Espero que lo leas y si no es pedir demasiado, me des tu comentario.

¡Saludos!

30 de mayo de 2011

Quemar.

 

Ese día lo recuerdo bien, ese día murió mi madre.

Ocurrió, mientras Anna jugaba con su perro entre la plantación de platanales. Corría detrás de él, que había agarrado un plátano y movía la cola emocionado, lo atrapó en un abrazo peludo, cayeron los dos al suelo, entre las risas de Anna y los ladridos del perro.

Un golpe se escucho a su derecha, allí donde su madre estaba recogiendo la cosecha, ella se detuvo y el perro dejó caer el plátano, mi abuelo estaba sobre el cuerpo de mi madre, que estaba tendida en una postura incómoda. Ese día murió.

Nadie guardó luto por ella, todos siguieron trabajando como si nada hubiera pasado.  Anna comprendió, que las cosas ahora serian diferentes. Su abuelo que nunca antes le había prestado atención, pero ahora arrugaba la cara cada vez que la veía llorar e incluso le golpeaba para que dejara de hacerlo.

Una noche, su abuelo la sacó de la cama tirándole del brazo, ella gritaba pidiendo ayuda, pero nadie vino. Afuera de la cabaña estaba una vieja gorda esperándola, con una lámpara iluminándole el rostro y detrás una carreta con una jaula. Su abuelo la metió allí. Y La vieja le entrego una bolsa llena de monedas. Ella no hizo más que llorar y un solo pensamiento le vino a la cabeza. Me han vendido.

Dos niñas más fueron compradas esa noche, lloraban tan fuertes que los gemidos de Anna quedaban escondidos. Al amanecer, llegaron a una casa de cemento gris, que en la orilla, tenía una jaula grande con más niñas dentro. Había dejado de llorar hace rato, pero esa imagen le partió el alma.

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Dentro de la nueva celda los días iban pasaban lentamente. Ella no sabía que pasaba dentro de la casa, pero allí, los hombres llegaban y las miraban como pollos en el mercado, sacaban a alguna de ellas y ya no volvían. Pronto Anna quedo sola en la celda.

Aquella tarde, lo reconoció a un hombre, llevaba un saco largo y un sombrero negro, ¡Es mi Abuelo! - Pensó ella con emoción. - seguro se ha arrepentido.

Quiso gritarle o decirle algo, pero él entró en la casa y se quedó allí dentro, ni si quiera la miró de refilón. Al cabo de un rato, su abuelo salió de la casa, y habló con el hombre que había sacado a las otras niñas, de pronto y el tipo se carcajeo.

- ¡Eres un enfermo, viejo! – le gritó el hombre a mi abuelo. El hombre entró a la celda y le puso un par de grilletes. - Hazle caso al enfermo de tu abuelo. - le dijo al oído a Anna, y se marcho dejándola allí con la celda abierta.

- El no me salvará.- pensó Anna.

Su abuelo la sacó de la celda halándola por la bola de plomo de los grilletes y la llevó a un cuarto pequeño que olía a orines, dentro solo había una camita estrecha, y una ventana sucia.

No hubo tiempo de pensar, su abuelo le descargó una bofetada, y el dolor fue tan grande que el mundo desapareció. Cuando despertó él estaba sobre ella, y ya no llevaba grilletes, estaba desnudo y ella no sabía qué hacer, gritó, lloró, y él la tomó del brazo y empezó a quitarle la pijama.

Fue cuando su abuelo pasó la lengua por el borde de su cara cuando todo cambió, la rabia y el miedo de Anna se habían convertido en algo más. Y cuando empujó a su abuelo, el viejo no reaccionó. Se había quedado tumbado sobre ella, con una mueca de dolor.

Anna se arrastro a un lado y el viejo intentó agarrarla pero también se tomaba el pecho. Estaba sudando ahora, ella retrocedió y se tropezó con las botas que habían quedado regadas en el cuarto, salió rodando un cuchillo, el viejo abrió los ojos sorprendido al ver a la pequeña tomando el cuchillo y Anna, no lo pensó, no había nada que pensar, no en ese momento y como si aquello fuera lo más natural, apartó la mano temblorosa del viejo y le cortó el cuello.

Un chorro de sangre caliente baño a Anna, los ojos desorbitados de su abuelo y se fueron apagando hasta que su cara de sufrimiento quedó paralizada en una mueca grotesca.

Anna sonrió. Salió del cuarto, y en frente había una cocina, estaba vacía. Sobre la hoguera, un lechón se cocía a fuego lento, tomó una leña e incendió la cocina, y el cuarto donde estaba el cuerpo ensangrentado de su abuelo.

Las paredes no tardaron en arder, entró una mujer asustada y Anna le reconoció de inmediato, la apuñaló, el cuchillo entró y salió de la panza de la vieja hasta que no quedaba sino un montón de hoyos chorreantes, Anna sonreía, pues podía mirar la cara de la vieja, sufriendo.

La casa se quemaba y  ella escapo, chocando con hombres y niñas que huían de las llamas, ella no huía, ella estaba en éxtasis saboreando este nuevo sentimiento, un sentimiento que simplemente llamó... quemar.